—Tené cuidado, no vas a morder…
—No… ya te dije, quedate tranquilo.
—Bueno.
Y se hubieran reído si no fuera
porque las temperaturas no permitían la risa, la impedían a base de sangre
atrapada en cuerpos cavernosos y grutas lubricadas por el fluido que
generosamente circulaba, llenando con su aroma particular el living de la casa.
Clara, que seguía en cuatro patas, con el pene erguido de Federico a
centímetros de su cara, volvió a envolverlo con el calor de sus labios y
entonces empezó a masajearlo, mientras esperaba que él no se retrasara con su
parte. Y no se retrasó. Sentado como estaba en el sofá, reclinado con las
piernas y brazos extendidos, llevó la mano derecha al clítoris de Clara y
empezó a frotarlo, ya no tan suavemente. El estímulo, intenso, que iba y venía,
entre la boca, el pene, el dedo mayor —con una pequeña ayudita del índice— y el
clítoris, los envolvió en una circularidad de excitación que dibujaba una
calesita frenética en la imaginación de Clara, que no por eso dejaba de chupar
y sobar como la más devota de las cristianas. El juego frenético, el hermoso
manejo del ritmo con que Federico hacía el uno-uno-unodos-uno-unodos con los
dedos, la debilitaba y la revitalizaba, y la hacía perder foco y quedarse con
la boca quieta, y después volver a arremeter y devorarse ese magnífica pija con
más ganas, olvidando por momentos la frontera entre el dar y el recibir, pero
siempre conciente de que no quería dejar de recibir. Dejó de ver los libros, dejó
de ver la Olivetti en la mesa, dejó de ver la ventana y el día gris afuera.
Vivió en carne la desintegración, una vez más, de la ridícula realidad
cotidiana para aunarse en esa sensación de plenitud animal que brotaba ya no
desde su clítoris, sino en todo su cuerpo, simultáneamente. Y de repente no
sabía si él la estaba acariciando, o qué hacía con la otra mano, y cuando no
pudo más, soltó los labios para gemir y gritar e increíblemente, pero con el
tempo justo, como tantas otras veces, Federico detuvo todo. Sólo que no detuvo
nada: transformó esa masturbación a dos voces en una dulce penetración. La
calidez que lo recibía hizo que el vaivén fuera mullido, blando, tan indoloro
que hubiera podido ser anodino, pero enseguida retomaron velocidad y mientras ella
ahora descansaba boca arriba en el sofá, con las piernas abiertas y dobladas en
el aire, Federico comenzó a entrar más fuerte y más hondo y más rápido y más
intenso.
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