martes, 7 de enero de 2014

Hotel Desolación #8.3




De Cijser no anduvo con muchas vueltas; le dijo a Gerard todo lo que estaba en su conocimiento, que no era mucho en realidad. Los síntomas que mostraba Jacqueline eran muy poco comunes, pero no era tampoco una enfermedad desconocida. Según la escuela de Viena, los indicios de inestabilidad mental podían interpretarse como algo que llamó esquizofrenia. Gerard, que no era un hombre bruto ni ignorante en lo absoluto, se quedó perplejo. Tenía algún conocimiento de esos estudios que se estaban difundiendo en Europa, al menos por referencia, pero esto no explicaba la condición física, la anemia y el pulso débil. De Cijser dejó escapar una bocanada de aire resignado y entonces volvió a hablar con una expresión mucho más solemne y taciturna.
–¿Ha escuchado alguna vez hablar del mal del faux pas, o como lo conocen las abuelas, mal del corazón discontinuo?
Gerard no tenía la más mínima idea de lo que el hombre mencionaba, por lo que sólo pudo mostrar su perplejidad y esperar que las noticias no fueran graves. En efecto, las había buenas y malas, muy malas. El doctor explicó que el mal del corazón discontinuo atacaba únicamente a las mujeres; se lo suponía congénito, por lo que tanto él como todos los parroquianos estaban a salvo de cualquier contagio, pero también era progresivo y no había cura conocida al momento. Se lo denominaba con este curioso nombre porque efectivamente, los indicios más notorios eran la falta de pulso por intervalos, y el abandono de todo reconocimiento incluyendo la familia y personas afectas. El deterioro era igualmente invasivo en cuerpo y mente. Esa discontinuidad se iba repitiendo a intermitencias cada vez más frecuentes, hasta que un día el pulso ya no volvía más. 



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