De
Cijser no anduvo con muchas vueltas; le dijo a Gerard todo lo que estaba en su
conocimiento, que no era mucho en realidad. Los síntomas que mostraba
Jacqueline eran muy poco comunes, pero no era tampoco una enfermedad
desconocida. Según la escuela de Viena, los indicios de inestabilidad mental
podían interpretarse como algo que llamó esquizofrenia. Gerard, que no era un
hombre bruto ni ignorante en lo absoluto, se quedó perplejo. Tenía algún
conocimiento de esos estudios que se estaban difundiendo en Europa, al menos
por referencia, pero esto no explicaba la condición física, la anemia y el
pulso débil. De Cijser dejó escapar una bocanada de aire resignado y entonces
volvió a hablar con una expresión mucho más solemne y taciturna.
–¿Ha
escuchado alguna vez hablar del mal del faux pas, o como lo conocen las
abuelas, mal del corazón discontinuo?
Gerard
no tenía la más mínima idea de lo que el hombre mencionaba, por lo que sólo
pudo mostrar su perplejidad y esperar que las noticias no fueran graves. En
efecto, las había buenas y malas, muy malas. El doctor explicó que el mal del
corazón discontinuo atacaba únicamente a las mujeres; se lo suponía congénito,
por lo que tanto él como todos los parroquianos estaban a salvo de cualquier
contagio, pero también era progresivo y no había cura conocida al momento. Se lo
denominaba con este curioso nombre porque efectivamente, los indicios más
notorios eran la falta de pulso por intervalos, y el abandono de todo
reconocimiento incluyendo la familia y personas afectas. El deterioro era
igualmente invasivo en cuerpo y mente. Esa discontinuidad se iba repitiendo a
intermitencias cada vez más frecuentes, hasta que un día el pulso ya no volvía
más.

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